D+C Desarrollo y Cooperación (No. 2, Marzo/abril 2002, p. 8 -10)


El retorno de la inseguridad generalizada
Reflexiones después del 11 de septiembre de 2001

Dirk Messner


El asesinato en masa del 11 de septiembre no fue un mero acto de rebelión contra los desequilibrios en el planeta, sino algo mucho más complejo. No obstante, mostró como a través de un vidrio de aumento las interdependencias que nos afectan a todos y nos advirtió sobre los posibles efectos de bumerán sobre la sociedad global.


El 11 de septiembre de 2001 entramos en la sociedad mundial unificada. Los brutales atentados terroristas no señalaron «sólo» un conflicto entre fanáticos de inspiración religiosa y EE.UU., sino que pusieron también en evidencia la fragilidad de las estructuras globales. Es más: les robaron a los habitantes de los países ricos la ilusión de la estabilidad del orden mundial y la confianza implícita o explícita en que los problemas y crisis del mundo - el sida, los cambios climáticos, las consecuencias de la inestabilidad en los mercados financieros, la disolución de Estados y las guerras civiles internacionales - no tienen lugar en el Norte, sino en las regiones más pobres, a segura distancia. Hasta entonces, el rostro feo del mundo en proceso de globalización parecía quedar detrás de los muros visibles e invisibles de los países industriales.

Para que no se me entienda mal: el asesinato en masa del 11 de septiembre no fue ningún acto de rebelión contra los desequilibrios en el mundo globalizado. No obstante, nos mostró como a través de un vidrio de aumento las interdependencias que nos afectan a todos y los posibles efectos de bumerán en un mundo global. El tema de Thomas Hobbes (1588-1679) de la inseguridad generalizada, surgido en medio de los horrores de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), recobra de pronto candente actualidad en un contexto mundial.

Sobre la seguridad en Nueva York, Hamburgo o Buenos Aires pueden ahora decidir también los barones de la guerra que operan globalmente y encuentran refugio en el Hindukush de Afganistán o en otros Estados en proceso de descomposición. Sus secuaces pueden vivir en cualquier parte del mundo y los negocios de las asociaciones mundiales para delinquir realizarse en los mercados financieros globales con un clic desde una computadora.

Los eslóganes de odio y las sencillas imágenes del enemigo propaladas por los militantes integristas encuentran eco en barrios, regiones y países en los que reinan la apatía, la disgregación social y la desesperanza. El economista estadounidense Jeffrey Sachs acierta cuando dice: «debemos aprender a entender que nuestra seguridad y nuestro bienestar dependen de que el mundo globalizado funcione adecuadamente.»

Es decir que se impone reflexionar sobre la política a escala mundial. La política interior mundial y el gobierno mundial, todavía ayer temas para círculos académicos y políticos soñadores, se hallan hoy en el tope del orden del día. Debemos comprender también que para los problemas mundiales del siglo XXI no puede haber ni habrá soluciones aisladas en los contextos del G3 (EE.UU., Japón y Unión Europea), el G8 (Alemania, Canadá, EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Italia, Japón y Rusia) o la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos). Los países en desarrollo deben comenzar a ser tomados en serio como interlocutores en la política mundial, aún cuando todos sabemos que todavía estamos a años luz de un mundo de ese tipo.

Una política mundial orientada hacia la cooperación tampoco convencerá a los terroristas. Éstos deben ser perseguidos y penados, en lo posible por cortes penales internacionales. No obstante, un Estado de seguridad mundial no puede ser la respuesta a los peligros de la civilización globalizada. Si queremos hacer el mundo más seguro, reducir los riesgos globales y secar el entorno de los integristas, debemos emprender la difícil tarea de desarrollar estructuras de gobierno global basadas en el derecho, valores comunes, legitimación, equilibrio social y participación política. Esos fueron los elementos centrales de la civilización de las sociedades de Europa Occidental. Las respuestas a la «inseguridad generalizada» fueron al fin y al cabo la conformación de sociedades medianamente ordenadas en las áreas del derecho, la democracia y la igualdad social. La sociedad mundial está aún muy lejos de alcanzar ese objetivo. La política para el desarrollo del siglo XXI debe continuar desarrollándose y resultar fructífera en ese contexto.


¿Corte o impulso civilizatorio?

Josef Joffe advirtió en el renombrado semanario alemán DIE ZEIT en su edición del 13 de septiembre que los atentados terroristas pueden suponer un corte civilizatorio y que para impedir que se produzca es necesario un impulso civilizatorio cooperativo. ¿Estaremos en condiciones de unir fuerzas para llevar adelante la cooperación global? ¿O el ataque terrorista desembocará en un renacimiento de lo militar, en frágiles alianzas entre las grandes potencias y en el unilateralismo de la única potencia mundial restante con apoyo multilateral?

En las semanas posteriores al 11 de septiembre dialogué con numerosos colegas latinoamericanos tan intensamente como nunca antes sobre posibles enfoques para un mundo basado en la cooperación. Luego del shock del terror salieron a luz muchos temas, preocupaciones y enfoques de interpretación usualmente invisibles o silenciados. La imagen que surgió para mí tiene mucho que ver con la cuestión de si estamos preparados para crear alianzas cooperativas. A la pregunta sobre los enfoques y posibilidades de la cooperación global y una política interior mundial, la mayoría de mis interlocutores responden con las mismas categorías con las que aprehendemos y juzgamos las sociedades nacionales.


Obstáculos para la cooperación

Sobre la base de los email, los diálogos con los colegas de Latinoamérica y de los comentarios en la prensa de esa región es posible definir los siguientes cuatro elementos que, según la mayoría, impiden el pasaje a una política interior mundial cooperativa:

1. Las relaciones de poder en la política mundial se parecen a las de los cárteles oligárquicos. En las instituciones más importantes del orden mundial, cuyas decisiones afectan de especial manera a los países en desarrollo, las decisiones son preparadas por pequeños clubes de países integrantes de la OCDE, y como consecuencia los países en desarrollo tienen la impresión de que son degradados políticamente y marginados de las decisiones. Mientras que en las sociedades democráticas los cárteles del poder son controlados, limitados y civilizados por el derecho y la democracia, en la política mundial reina aún la lógica del poder irrestricto.

2. La polarización social aumenta. Los últimos estudios demuestran que el coeficiente de Gini (el índice de distribución del ingreso) mundial era en 1988 de 0,625 (como referencia, OCDE: 0,34 frica al sur del Sahara: 0,45 América Latina: 0,48). En los siguientes cinco años, es decir hasta 1993, empeoró y alcanzó a 0,66. ¿Por cuánto tiempo puede soportar un mundo globalizado ese nivel de polarización social, desigualdad y marginación?

3. Los hilos del diálogo y los procesos de comprensión mutua entre países pobres y ricos y aquellos existentes entre el mundo cristiano y las otras religiones son finos y débiles. No obstante, si no nos conocemos ni nos queremos conocer (Henry Kissinger en CNN: «a los islamistas radicales hay que combatirlos y para ello no es necesario que conozcamos el Islam»), es imposible tener intereses comunes y valores compartidos y llegar a compromisos políticos y sociales en la política mundial. Debemos aprender a ver el mundo también a través de los ojos del otro, para poder registrar frustraciones que pueden transformarse en agresiones. En tanto el mundo se caracterice por una «mudez global» (Jürgen Habermas), la política cooperativa mundial no tiene chance alguna.


El coeficiente de Gini

El coeficiente de Gini es una cifra entre cero y uno, que mide el grado de desigualdad en la distribución de ingresos en una sociedad dada. El coeficiente es igual a cero desigualdad (0,0 = desigualdad mínima) en una sociedad en la que cada miembro recibe exactamente el mismo ingreso y registra un coeficiente de uno (1,0 = desigualdad máxima) si un miembro recibe todos los ingresos y los otros, nada. En la práctica, los valores del coeficiente van de cerca de 0,2 para los países históricamente igualitarios como Bulgaria, Hungría, las Repúblicas Eslovaca y Checa, Polonia y los países escandinavos, pasando por 0,3 en Alemania y 0,34 en EE.UU., hasta 0,6 para Brasil, que es el país del mundo con la mayor desigualdad. También otros países latinoamericanos se acercan a ese último guarismo, p. ej. México, Guatemala, Honduras y Panamá. El país latinoamericano con el menor coeficiente de Gini es Uruguay (0,43). América Latina tiene en promedio 0,48.


4. Necesitamos una cultura global de la cooperación, pero continúa dominando una cultura occidental paternalista materializada en directivas y recomendaciones, quizás aún más penetrante y engreída después del colapso del campo socialista, tanto en la cooperación para el desarrollo, como en la económica y científica y en la política de derechos humanos.

¿Quién cuestiona que en un mundo tan fracturado, el humus en el que podría desarrollarse una política mundial cooperativa es extremadamente delgado? Además, en las márgenes de ese mundo, el clima es propicio para el surgimiento de radicalismos de todo tipo.

Es un mundo naturalmente más complejo que lo que esas cuatro dimensiones pueden bosquejar, y también en él se registran intentos de alcanzar un equilibrio global mediante la cooperación internacional y la creación de reglas comunes. Por otra parte, también los países en desarrollo y sus elites deben redoblar sus aportes y crear condiciones locales para impulsar el desarrollo y transformarse en interlocutores activos en la política interior mundial. Los países desarrollados, por su parte - como coprotagonistas en el teatro mundial de la cooperación para el desarrollo, hasta ahora más bien un subdepartamento marginal de la política mundial - pretenden hasta ahora que las condiciones de partida para las ofensivas de cooperación global son buenas, cuando no es la realidad.

Las percepciones bosquejadas sobre el estado del mundo se transforman en muchas regiones del planeta en sentimientos de marginación política, social y cultural, de degradación y humillación. Además dan la imagen de un mundo que, debido a su polarización social, sus estructuras de poder, la mudez generalizada y la ignorancia mutua entre las culturas, tiene los pies de barro. En un mundo de ese tipo, crear las bases para la cooperación y la disposición para facilitarla es aún una tarea pendiente. En muchas partes del mundo no se les cree a los países industriales que efectivamente estén interesados en una política mundial orientada hacia la cooperación, el equilibrio social y el reparto de poder. Después de 1989, los países industriales perdieron de vista las causas profundas del conflicto Norte-Sur, pero éstas continúan existiendo y vuelven a salir a luz debido a un aumento de las interdependencias globales y al efecto catalizador del 11 de septiembre.

Si Occidente, la OCDE y la UE quieren dar un salto civilizatorio hacia el gobierno global y una política interior cooperativa, tienen primero la obligación de probar que toman en serio esa reorientación de la política mundial. La política mundial de Occidente debe ser analizada críticamente, de lo contrario, las posibilidades para un orden mundial cooperativo son reducidas.


Desafíos para la política de
cooperación del Norte

Con respecto a este tema, me permitiré hacer algunas observaciones:

1. La política de cooperación practicada por el Norte no puede eliminar por sí sola los problemas y bloqueos arriba bosquejados. Es necesario comenzar con una reorientación de la política mundial en dirección a una política interior mundial, a efectos de salir del callejón del unilateralismo, la indiferencia culposa y la pasividad de los países industriales con respecto a los principales problemas mundiales. En este mundo debe apelarse a la política exterior de los países de la OCDE: es necesario pacificar las áreas de conflicto (en el Cercano Oriente y otras regiones) y reflexionar sobre la confección de una «Carta de la Interdependencia Global». Un nuevo Plan Marshall, el Advancing Human Security and Controlling Terrorism, que avanza en esta dirección, ya está en discusión.

2. La política de cooperación dispone de los recursos estratégicos y las experiencias pioneras que aún faltan en otras áreas políticas: sus redes globales, sus experiencias mundiales de cooperación, sus relaciones comparativamente estrechas con países que hasta ahora poco interesaban en la política mundial, la confianza de que goza internacionalmente y sus puntos de vista, objetivos y praxis globales e interculturales son de gran importancia para la puesta en práctica de una política interior mundial.

Cuando se habla de la «nueva política exterior alemana» después del 11 de septiembre, sería de desear que se prestara tanta atención a los potenciales de la cooperación para el desarrollo como la que se deposita en el nuevo papel de las fuerzas armadas. A ese respecto Joseph Nye, director de la escuela John F. Kennedy, en Harvard, llama desde hace tiempo la atención sobre el soft power en la política mundial: la capacidad de organizar una cooperación global y alcanzar la capacidad internacional para resolver problemas. En ese contexto, la política de cooperación adquiere una importancia central.

3. En tiempos políticos «normales» no se depositaba mucha confianza en la cooperación para el desarrollo. Ahora, después del 11 de septiembre, ésta debe solucionar todos los problemas del mundo que tienen que ver directa o indirectamente con las relaciones Norte-Sur, las crisis sociales y la degradación política en el mundo.

4. Con su concepto de «Política de cooperación como política estructural global», el gobierno alemán dispone de una herramienta señera. La política estructural global intenta influir sobre cinco dimensiones (derechos humanos, participación, Estado de derecho, economía social de mercado y acción estatal orientada hacia el desarrollo). La cooperación aún no cumple con todos los objetivos planteados y debe evolucionar todavía en ese sentido. Además se han agregado nuevos desafíos:

  • Es necesario apoyar los potenciales de los países en desarrollo para que puedan hacer frente a la presión de la globalización.
  • Se debe influir sobre las condiciones marco globales (OMC, sistema financiero internacional, etc.) para mejorar los espacios de maniobra y las posibilidades de progreso de los países en desarrollo.
  • La cooperación para el desarrollo no sólo debe ayudar a resolver problemas en el Sur, sino también a hacer frente a problemas globales tales como la pobreza, los cambios climáticos, la migración y el terrorismo. Para alcanzar esos objetivos ya existen algunos intentos (Plan de Acción 2015, nuevos instrumentos para el tratamiento preventivo de conflictos, la iniciativa de desendeudamiento), pero, en vista de la disminución de los fondos disponibles, también está presente el peligro de la sobreexigencia y del acometimiento de objetivos demasiado amplios. Las estrategias para resolver problemas mundiales y de desarrollo no son gratuitas. Los políticos y la sociedad deben tener claro que en el futuro deberán destinarse a las tareas globales bastante más medios que hasta ahora.
  • La cooperación debe trazarse como objetivo ayudar a los países en desarrollo para que puedan participar con iguales derechos en las instituciones del sistema internacional y global.
  • La cooperación debe ampliar espacios de maniobra, en cuyo contexto los países industriales y en desarrollo trabajen conjuntamente en la búsqueda de soluciones para problemas comunes. Albert Hirschmann resaltó a menudo que la convergencia de puntos de vista, el consenso, las normas e intereses comunes no caen del cielo y muy pocas veces son el resultado de procesos ilustrados, sino que surgen del tratamiento de conflictos, problemas y desafíos concretos. Esa es también una enseñanza del proceso de unión de Europa: la cooperación surge de la cooperación. reas de trabajo no faltan: es necesario crear y desarrollar reglas e instituciones globales y la ignorancia y la mudez globales sólo pueden ser superadas con proyectos conjuntos en los sectores de la ciencia, la cultura, la economía y la política.

Lo que necesitamos es, en pocas palabras, proyectos mundiales, en los que acometamos las cuestiones, la interdependencia y los problemas globales. Sólo así puede superarse la lógica de la «ayuda para el desarrollo» y ser substituida por una lógica de los «intereses comunes» como base para un orden mundial sólido.


Fuente: epd-Entwicklungspolitik 22/2001.

El Dr. Dirk Messner es Director del Institut Entwicklung und Frieden, INEF (Instituto de Estudios sobre el Desarrollo y la Paz), de la Universidad de Duisburgo.
www.uni-duisburg.de/Institute/INEF/



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