D+C Desarrollo y Cooperación (No. 2, Marzo/abril 2002, p. 3)
Tomar al Sur en serio
J. Pablo Kummetz
Los espantosos atentados del 11 de septiembre de 2001 dejaron en vilo al mundo y marcaron el comienzo de una nueva era. Si bien los atentados suicidas no son nuevos, nunca antes tan pocos seres humanos habían logrado tan mortíferos resultados con tan escasos medios propios. Además, si esas personas han sido capaces psíquicamente de dirigir aviones llenos de pasajeros contra edificios llenos de trabajadores y visitantes (entre ellos numerosos latinoamericanos) que en ambos casos nada tenían que ver con el conflicto invocado, no se necesita mucha imaginación para concluir que tampoco hubieran dudado en lanzarse contra otros objetivos «redituables», tales como centrales atómicas o represas ni en envenenar aguas o suelos a gran escala.
No obstante, el grado de civilización de una sociedad debe medirse por su reacción también e incluso más aún en tiempos de ataques bárbaros y anticivilizatorios. Ello supone, por un lado, hacer todo lo posible por llevar a los terroristas ante la Corte Penal Internacional. El mayor obstáculo es que hasta hoy no todos los 60 países necesarios para que ésta entre en funcionamiento han ratificado el Estatuto de Roma, de 1998. Uno de los que no han ratificado aún es EE.UU. Que la Corte entre en funcionamiento es prioritario, como forma de que domine el derecho internacional y no el del más fuerte.
Por otra parte, para superar la bilateralidad de los conflictos sería de desear también que la ONU asuma un papel cada vez más importante en el concierto internacional. Contra los Estados que recurren al terrorismo o lo apoyan, el Consejo de Seguridad de la ONU puede aprobar desde embargos aéreos, financieros y económicos hasta intervenciones militares. Una de las señales más esperanzadoras para un resurgimiento del multilateralismo es el Nobel de la Paz a Kofi Annan, el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas y a la propia ONU, en reconocimiento a sus esfuerzos por fortalecer la cooperación internacional.
Piedra de toque del papel de la ONU en el mundo es el conflicto en Palestina. Una y otra vez Israel ha pasado por alto las resoluciones de la Asamblea General y no está dispuesto a retirar los asentamientos de los territorios fuera de sus fronteras estatales. El proceso de Oslo pareció ofrecer una posibilidad de paz, pero 30 años después, los palestinos han perdido toda esperanza de llegar a un acuerdo con los israelíes. 200.000 colonos israelíes se han asentado en Cisjordania y la franja de Gaza. El territorio de los palestinos se halla hoy dividido en 64 islas de territorio, entre las que no se puede circular libremente, debido a una red de puestos militares, asentamientos y carreteras israelíes. La solución del problema de Palestina a través de negociaciones serias y con la disposición israelí a hacer concesiones será por lo tanto crucial para quitarle adeptos al terrorismo. El apoyo prácticamente incondicional de EE.UU. tanto político como financiero (4.000 millones de dólares por año) a Israel explica a su vez por qué el encono de los árabes hacia los norteamericanos.
Entre tanto, tanto Gerhard Schröder, el Canciller Federal alemán, como Heidemarie Wieczorek-Zeul, la Ministra de Cooperación Económica y Desarrollo han resaltado la importancia de la cooperación para reducir los peligros del terrorismo internacional y como forma también de reposicionarla en el concierto de la política exterior alemana. El Canciller manifestó que una cooperación sensata reduce las posibilidades de los fanáticos de movilizar a las masas para sus fines. Y Wieczorek-Zeul no oculta su intención de aprovechar «la sensibilización pública actual con respecto a las interdependencias entre la pobreza y la disposición a la violencia» para revalorizar la cooperación para el desarrollo, al tiempo que exigió más fondos para su ministerio.
Una estrategia de largo plazo para la prevención del terrorismo debe apoyarse en medidas de cooperación en el sentido más amplio, con el objetivo de reducir la pobreza y la injusticia estructural en las relaciones entre el Norte y el Sur y entre capas y sectores sociales en el propio Sur. No obstante, hay que tener cuidado que el interés actual por los temas de seguridad no lleve a una desviación de los objetivos de la cooperación. «O bien llevamos la seguridad y la estabilidad al mundo o la inseguridad vendrá a nosotros», advirtió recientemente la Ministra, abogando por ver la cooperación como un aporte a la seguridad. De dudosa eficiencia sería, sin embargo, evaluar todos los programas y proyectos de desarrollo a la luz de los acontecimientos del 11 de septiembre. De esa forma se podría dar la impresión de que la cooperación puede hacer disminuir rápidamente los riesgos de nuevos atentados terroristas.
Ello no es así. Los atentados tienen complejas causas y han sido la acelerada cristalización de una serie de evoluciones sobre todo en los últimos años. Los desafíos de la cooperación para el desarrollo, por el contrario, son problemas estructurales seculares, secuela de hechos históricos. El terrorismo es un problema agudo; el subdesarrollo, crónico. Para desviar las aguas del molino de los terroristas es necesaria una seria política de distensión del Norte también con respecto al Sur: el diálogo Norte-Sur está también subdesarrollado. Es tarea urgente ahora, volver a impulsarlo, tomando a los países del Sur en serio.
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